Cuando los silencios también hablan
Dicen que a los perros hay que hablarles.
Que hay que decirles las cosas claras, marcarles el camino, enseñarles con palabras.
Algunos incluso aseguran que hay que “educarlos” para que entiendan.
Yo escucho… y sonrío.
Porque nadie me explicó cómo hacer para que Roma, mi galguita, venga despacio, apoye su hocico tibio en mi mano y la levante apenas, lo justo, como diciendo: “Es ahora. Es mío este momento. Acariciame”.
No ladra.
No insiste.
Solo pide… y el mundo se detiene.
Nadie me enseñó tampoco qué idioma habla cuando baja las orejas, inclina la cabeza y me mira con esos ojos que no preguntan, sino que proponen.
¿Salimos?
¿Seguimos?
¿Nos quedamos un rato más?
Y cuando caminamos, pasa eso otro… eso que no se puede explicar sin que se apriete el pecho.
De repente, sin aviso, nos miramos.
Un cruce de miradas simple.
Nada extraordinario para el que pasa por al lado.
Pero para nosotros… el mundo se frena.
Seguimos caminando.
Tres pasos.
Cuatro.
Cinco.
Mirándonos.
Como si el paseo, la vereda, el ruido, el tiempo… todo desapareciera.
Y solo quedáramos ella y yo, compartiendo ese instante suspendido.
Después, casi al mismo tiempo, cada uno vuelve a mirar para adelante, como si nada.
Como si no hubiera pasado nada.
Pero pasó todo.
Y eso sucede siempre.
No una vez.
Tres, cuatro veces por paseo.
Como si estuviéramos esperando ese momento exacto en el que el mundo se deja pausar para mirarnos y decirnos, sin palabras: “Estoy acá. Con vos”.
Después, sí.
Seguimos.
Ella hace sus cosas.
Yo las mías.
La caminata continúa.
Y en medio de eso, llega lo otro.
Se da vuelta de repente.
Me mira.
Y ya sé.
No es por acá.
Es por el otro lado.
No tira de la correa.
No se planta con capricho.
Abre apenas la boca en la esquina, me mira de reojo y espera.
Como si dijera: “Confiá. Te llevo bien”.
A veces se detiene.
Olfatea el aire.
Las orejas se le levantan como antenas del alma.
Y ahí está la señal.
Ese camino no.
Ese otro sí.
Y yo la sigo.
Porque en algún punto, sin darnos cuenta, dejamos de ser dos.
Hay algo que se mezcla, que se funde, que se vuelve una sola respiración caminando por la vereda.
Eso que llaman simbiosis, pero que en realidad es mucho más simple y mucho más profundo.
No hace falta hablar.
No hace falta enseñar.
No hace falta corregir.
Alcanza con mirarnos.
Un cruce de ojos.
Un gesto mínimo.
Una pausa en medio del mundo.
Y el corazón…
el corazón no aguanta tanta belleza.
Explota de emoción, pero de esa emoción buena, de la que no duele.
Esa que te reconforta el alma.
Esa que te recuerda que todavía estás vivo, que todavía podés sentir, que todavía existe un lenguaje donde no hay ruido.
Roma no entiende mis palabras.
Y yo no entiendo sus pensamientos.
Pero nos entendemos.
Y en ese silencio compartido,
en esos tres, cuatro, cinco pasos mirándonos mientras el mundo se detiene,
el alma —sin pedir permiso—
reflorece.
Marcelo Gnisci, Enero 2026.