Marcelo Gnisci

Cuando Roma me llevó al mar

Cuando Roma me llevó al mar

Llegó el día.

Llegó, al fin, el día en que volvimos a la playa.

A mi amada San Clemente del Tuyú.

Ese día en que uno se afloja la correa por dentro, aunque la de afuera siga firme. Ese día en que el sol no quema, pero abraza. Tibio. Justo. Invitando.

Salimos a la calle sin apuro, pero con destino. Con esa sensación de viaje corto que, sin embargo, es enorme.

Yo caminaba… y Roma sabía.

No sé en qué momento dejó de caminar y empezó a marcar el rumbo. La correa, que al principio colgaba dócil, comenzó a tensarse. No por ansiedad: por certeza. Cabeza alta, orejas bien puntiagudas, mirada firme. Ella conocía ese camino mejor que yo.

Yo la seguía, intrigado, preguntándome cómo sería ese reencuentro. El mío… y el suyo.

Cada paso acercaba algo que no se ve, pero se siente.

Cruzamos la Costanera y ahí todo cambió.

Fue como un rayo.

Escalinatas arriba, escalón por escalón, sin mirar atrás, como si el mundo entero hubiera quedado de ese lado de la avenida. Todo era ahora. Todo era ya.

Y entonces… la arena.

Apenas la tocó, se frenó.

Se dio vuelta.

Esa mirada cómplice, esa sonrisa de cábana feliz, ese “¿viste?” sin palabras.

—Llegamos —decía sin hablar.

Y ahí apareció esa emoción entrecortada, esa mezcla rara de felicidad pura y nudo en la garganta. Porque cuando un perro es feliz, uno se reconoce mejor persona.

Un salto de canguro.

Y a correr.

Siempre con la correa. No suelta. Nunca suelta.

Cinco metros libres. Vuelve.

Corre en círculo. Salta.

Todavía no habíamos llegado al agua… y ya estaba explotando de alegría.

Esos cincuenta metros hasta el mar se volvieron interminables.

La correa tiraba.

La mano dolía.

No había fuerza que alcanzara para frenar esa emoción desbordada.

Y cuando por fin tocamos el agua… empezó otra historia.

Correr en círculos.

Saltar.

Mirarse.

Compartir.

Ese sentimiento simple y gigante de felicidad

Marcelo Gnisci, Enero 2026.