Miradas cómplices
Me desperté y lo primero que hice fue asomarme al día.
Un día gris, de esos que no piden permiso: frío filoso, lluvia fina, cielo bajo y nublado, como si el mundo hubiera decidido hablar en voz baja.
Me quedé un momento ahí, parado, pensando qué hacer de mí. Y entonces, sin demasiadas vueltas, lo supe: iba a pintar.
Me vestí sin ceremonias. Un pantalón blanco de carhuomo, con esas rayitas rojitas al costado que ya conocen más inviernos que yo. Una remera fea —de las feas de verdad, sin ningún mérito— y una camperita roja y azul que tranquilamente podría contar historias de hace ciento cincuenta años. Me miré rápido, sin juicio. Estaba listo.
En eso aparece Roma.
Me mira. No con los ojos, sino con esa cara que lo dice todo: ¿salimos?
—Roma, mirá cómo está el día… —le digo, intentando negociar con la lógica.
Ella inclina la cabeza, pone esa carita mitad súplica, mitad ilusión.
¿Querés ir a pasear?
Bueno. Vamos a pasear.
Le pongo la correa y salimos. Llovizna. Frío. Ese frío que se te mete por las mangas.
—¿No querrás ir a la playa, no? —pregunto, más para mí que para ella.
Roma me mira fijo. Playa. Siempre playa.
Seguimos. La gente vuelve, sale de la playa, apurada, como escapando de algo que no se puede disfrutar bajo la lluvia. Nosotros entramos.
Roma hace lo suyo —pis, caca— con la solemnidad de quien cumple un ritual.
La playa está vacía. Un desierto húmedo. Solo nosotros.
En lugar de ir hacia el muelle, como los días anteriores, giro para el otro lado.
Caminamos.
El mar está ahí, inmenso, y al costado, las algas: todas alineadas, parejas, como si alguien las hubiera acomodado a propósito. Miro alrededor y siento algo extraño, como si hubiéramos comprado un pedazo de paraíso sin darnos cuenta. Una playa solo para nosotros. Lluvia leve, silencio, agua, algas, distancia.
El frío que al principio molestaba empieza a transformarse. Ya no duele. Acompaña.
Se vuelve placer.
Nos miramos. Cómplices.
Y de golpe, corremos. Jugamos. Nos perdemos un poco en ese silencio donde solo se oyen las olas y la respiración. La playa es nuestra.
Encuentro un palo. Lo agarro. Un gesto medio infantil, medio trompesco. Empiezo a escarbar. Roma se suma. Escarbar, escarbar, escarbar. El mundo queda reducido a eso: arena, patas, manos, risa sin ruido.
La lluvia se va. Como si entendiera que ya cumplió su papel.
El frío afloja. El cielo empieza a abrirse.
Subimos a un médano, cerca del vivero. Me siento. Respiro.
Y entonces pasa.
Las nubes se separan apenas y un rayo de sol cae directo sobre el mar. Un haz perfecto, como si alguien lo hubiera apuntado con intención. La playa mojada brilla. El agua respira luz.
Roma se sienta a mi lado. Justo ahí. Todo alineado.
No hace falta decir nada.
Nos quedamos cinco, siete minutos. No importa. El tiempo no cuenta cuando es así.
Un momento mágico. De esos que no se explican, solo se guardan.
Y ahí, en esa especie de fortaleza invisible, entiendo algo simple:
cómo arranqué el día, cómo estaba vestido, el frío, la lluvia, nada de eso importa.
Lo único que vale es saber estar cuando la vida te regala estos instantes.
Únicos.
Mágicos.
Marcelo Gnisci, Enero 2026.